~ La naturaleza de la consciencia ~
Encuentro un poco difícil decir cual va a ser el tema de este seminario, ya que trata cuestiones demasiado fundamentales como para recibir un título. Me dispongo a hablar de lo que hay, de lo que es. Lo primero que debemos hacer es analizar, con una cierta perspectiva, las ideas que, como occidentales que viven en los EE.UU., influyen en nuestro sentido común cotidiano, en nuestras nociones fundamentales de en qué consiste la vida. Hay unos orígenes históricos para estas ideas que nos influyen mucho más de lo que la solemos creer. Son ideas sobre el mundo que están integradas en la misma naturaleza del lenguaje que empleamos, en nuestra lógica y en aquello que dota de sentido a nuestras vidas. A estas ideas básicas las llamaré mitos, no para referirme simplemente a algo fantástico o irreal, sino con un sentido más amplio. Un mito es una imagen a partir de la que se genera nuestro sentido de la realidad. Así que, de alguna manera, un mito puede ser considerado como una metáfora. Si quiero explicar lo que es la electricidad a alguien que no sabe nada sobre la electricidad, puedo utilizar la expresión “corriente eléctrica”. Pero la palabra “corriente” está comúnmente asociada a los ríos. Es una palabra relacionada con lo hidráulico, así que estaría explicando la electricidad como si se tratase de agua. Obviamente la electricidad no es agua. De hecho se comporta de forma diferente, pero en algunos aspectos sí se comportan de manera parecida, y por eso se las puede llegar a comparar. De la misma forma un astrónomo que quiera explicar la idea de un universo que se expande en un espacio curvo utiliza la imagen de un globo negro sobre el que se han pintado puntos blancos. Estos puntos representan galaxias que, a medida que se sopla el globo, se alejan unas de otras de manera uniforme. Pero, claro, esto es sólo una analogía. El universo en realidad no es un globo negro con pintas blancas. Así pues, de la misma manera, usamos este tipo de imágenes para hacernos una idea de lo que es el mundo en que vivimos. Y en el momento presente estamos bajo la influencia de dos imágenes muy poderosas que son, desde el punto de vista del conocimiento científico actual, igualmente insatisfactorias, siendo uno de los principales problemas que hoy afrontamos el de encontrar una imagen del mundo adecuada y satisfactoria. Bien, de eso es de lo que voy a hablar. Y más allá de esa imagen que podemos tener, voy a hablar de cómo podemos conseguir que nuestros sentimientos y emociones estén en armonía con la imagen del mundo más sensata que seamos capaces de concebir. Las dos imágenes con las que hemos estado operando en los últimos dos mil años, y puede que incluso más, son lo que yo llamo dos “modelos del universo”. El primero es el “modelo cerámico” y el segundo el “modelo enteramente automático”. El modelo cerámico está basado en el libro del Génesis, del que judaísmo, Islam y cristianismo extraen su visión básica del mundo. Y la imagen del mundo que se ofrece en el libro del Génesis es que el mundo es un artefacto. Es un objeto fabricado, como si un alfarero toma barro para modelar vasijas o un carpintero madera para construir sillas. No olvidemos que Jesús era hijo de un carpintero, y al mismo tiempo hijo de Dios. Así que en este modelo la imagen de Dios y del mundo está basada en la idea de Dios como un técnico, alfarero, carpintero, arquitecto, que tiene un plan en mente y da forma al universo a partir de ese plan. Igualmente básica en esta imagen del mundo es la noción de que el mundo está compuesto de materia, fundamentalmente. Materia primordial, sustancia. Partes que están hechas de barro. Ahora bien, el barro no tiene inteligencia, no puede convertirse en una vasija por sí mismo. Aunque un buen alfarero podría pensar de otra manera, porque un buen alfarero no impone su voluntad al barro, sino que le pregunta en qué quiere convertirse y le ayuda a hacerlo. Y entonces se convierte en un genio. Pero la idea habitual a la que me refiero es la de que el barro carece sencillamente de inteligencia; es simple materia y el alfarero impone su voluntad sobre él y hace con él lo que quiere. De esta forma, en el libro del Génesis, el Señor Dios crea a Adán a partir del polvo de la tierra. En otras palabras, fabrica una figurilla de barro, sopla sobre ella y cobra vida. El barro por sí mismo no tiene forma, ni inteligencia, así que requiere una inteligencia y una energía externas para cobrar vida y llegar a tener un cierto sentido. Es por ello por lo que hemos heredado la concepción de nosotros mismos de que somos artefactos fabricados y es perfectamente natural en nuestra cultura escuchar a un niño preguntar a su madre “¿Cómo fui hecho?” o “¿Quién me hizo?”. Sin embargo un niño chino preguntaría a su madre “¿Cómo crecí?”, lo cual se aleja del concepto de haber sido fabricado. Cuando uno hace algo se juntan partes o se trabaja del exterior hacia el interior, como se trabaja al esculpir una estatua o al hacer una vasija de barro. Pero cuando se observa algo crecer vemos que el proceso es justo el opuesto. La cosa surge de dentro afuera, se expande, se desarrolla, florece. Y todo ello sucede a partir de sí misma. En otras palabras, la forma sencilla original, digamos que la de una célula viva en la matriz, se hace más compleja progresivamente por sí misma. En eso consiste el proceso del crecimiento, el cual es bastante diferente al proceso de fabricación. Pero históricamente hemos pensado que el mundo ha sido fabricado y vemos a los árboles, por ejemplo, como objetos fabricados, como si fuesen casas o mesas. Y así se establece una diferencia fundamental entre el creador y lo creado. Esta imagen, este modelo cerámico del universo, se originó en culturas donde la forma de gobierno era la monarquía, en las que se concebía al creador del universo también como Rey del universo. “Rey de reyes, Señor de señores, el único que gobierna a los príncipes, Tú que desde tu Trono contemplas a todos los habitantes de la Tierra” [cita del Book of the Common Prayer]. Es por esto por lo que aquellos que se orientan en el universo según este modelo se sienten relacionados con la realidad como súbditos frente a un rey. Por eso se sienten obligados a mantener una postura muy, muy humilde ante lo que quiera que sea que gobierna todo esto. Personalmente encuentro muy extraño que en los Estados Unidos los habitantes de una república sostengan una teoría monárquica del universo, que puedas referirte al presidente de los EE.UU. como LBJ, Ike o Harry, pero no puedas hablar del Señor del universo con la misma familiaridad. Ello se debe a que hemos heredado de culturas muy antiguas del oriente medio, la idea de que el Señor del universo merece un profundo respeto. La gente se arrodilla, se postra, se inclina, y la auténtica razón para ello es que no hay nadie que tenga más miedo del resto de la gente que un tirano. Se sienta con la espalda contra la pared y con sus guardias a cada lado y obliga a que se permanezca agachado y con la cabeza baja frente a él, porque esa es la única manera de que no se pueda atentar contra él. Cuando se acude a su presencia no se permanece en pie, porque de esa forma podría recibir un ataque; y tiene buenas razones para temerlo porque gobierna sobre todos. Y el individuo que gobierna sobre todos los demás es el peor buitre del montón, porque es aquél cuyos crímenes han resultado exitosos. A los otros criminales se los encierra en la cárcel y son apartados sencillamente porque han fracasado. Así que, naturalmente, el jefe se sienta con la espalda contra la pared y sus esbirros a los lados. Cuando se diseña una iglesia ¿qué aspecto tiene? Por ejemplo una iglesia católica, con el altar en su posición tradicional, aunque ahora eso está cambiando, porque la religión católica está cambiando. Pero la iglesia católica sitúa el altar con la espalda contra la pared en el lado este del edificio. El altar es el trono y el sacerdote es el visir de la corte, que rinde pleitesía al trono, que es el trono de Dios. Y toda la gente está frente a él, arrodillada. A una gran iglesia católica se la llama basílica, que viene del griego “basilikos”, que significa rey. Así que una basílica es la casa de un rey. De hecho el ritual de la Iglesia está basado en el de la antigua corte de Bizancio. Una iglesia protestante es muy poco distinta, básicamente lo mismo. El mobiliario de una iglesia protestante está basado en el de un tribunal de justicia. El juez de un tribunal americano viste una túnica negra, exactamente lo mismo que un pastor protestante. Y todo el mundo se sienta en esa especie de cajones, uno para el jurado, uno para el juez, uno para cada cosa. Así son los bancos en una típica iglesia protestante de tipo colonial. De modo que ambos tipos de iglesia que tienen una visión autocrática de la naturaleza del universo se decoran y son concebidas arquitectónicamente de acuerdo con imágenes políticas del universo. En una es el rey y en otra el juez. Su Señoría. Hay una lógica en esto. Cuando se está en un tribunal uno se refiere al juez como “Su Señoría”. De esa forma se evita que la gente que está litigando pierda los nervios y se vuelva agresiva. Sí, hay una lógica. Pero cuando se trata de aplicar esta imagen al universo en sí, a la verdadera naturaleza de la vida, vemos que tiene limitaciones. Por una razón fundamental: la idea de la diferencia entre materia y espíritu. Esta idea ya ha dejado de ser válida. Hace ya mucho tiempo que los físicos dejaron de preguntarse “¿qué es la materia?” Aunque empezaron por ahí. Querían saber cual es la sustancia fundamental del mundo y cuanto más se lo preguntaban, más comprendían que nunca encontrarían la respuesta. Porque si se trata de describir lo que es la materia debe hacerse en cuanto a su comportamiento, es decir, en cuanto a su forma y los patrones que adopta. Lo más que se puede hacer es describir lo que hace, las formas más pequeñas en las que se puede observar. ¿Se entiende lo que quiero decir? Digamos que tomamos un trozo de piedra y decimos: “¿de qué está hecha esta piedra?” Entonces usamos el microscopio y en vez de ver únicamente un bloque de material, vemos formas cada vez más pequeñas. Cristales. Y decimos “hasta aquí bien, pero ¿de qué están hechos estos cristalitos?” Y empleamos un instrumento más potente y vemos que están hechos de moléculas, que, al ser analizadas con otro instrumento aún mejor nos revelan la existencia de átomos, electrones, protones, mesones, todo tipo de partículas subatómicas. Pero nunca se llega al constituyente básico, por la sencilla razón de que no hay ninguno. Lo que sucede es lo siguiente: “materia” es una palabra que utilizamos para el mundo cuando nuestra visión está desenfocada, borrosa. La idea de materia es que es algo indiferenciado, como algo pegajoso. Y cuando nuestra visión no es lo bastante aguda todo parece borroso. Si enfocamos nuestra visión vemos una forma, un patrón. Pero si cambiamos el nivel de aumento, y nos acercamos más y más, en lugar de ver más claro, volvemos a ver borroso. Así que cada vez que nuestra visión se hace borrosa tendemos a pensar que hay algún tipo de sustancia ahí, pero cuando enfocamos descubrimos que existe una forma. Así que todo lo que podemos hacer es describir patrones. Nunca, nunca podemos hablar de la “materia” de la que estos patrones están supuestamente hechos, porque en realidad no hay que suponer que exista tal materia. Para hablar del mundo es suficiente con definir patrones. Así podemos describir cualquier cosa que pueda ser descrita y no debemos suponer que exista ninguna sustancia que constituya la esencia del patrón de la misma manera en la que el barro constituye la esencia de las vasijas. Por esta misma razón no tenemos por qué suponer que el mundo es una especie de montón de basura sin inteligencia que algún agente externo debe manipular para dotarle de una forma coherente. Así que la imagen del mundo según la física más sofisticada de la actualidad no contempla materia modelada (como una vasija de barro) sino patrones. Patrones autorresponsables, autodiseñados. Una especie de danza. Algo que nuestro sentido común aún no logra captar. Ahora bien, en el transcurso del tiempo, en la evolución del pensamiento occidental, la imagen cerámica del mundo se vio cuestionada. Y se convirtió en lo que yo llamo la imagen “enteramente automática” del mundo. En otras palabras, la ciencia occidental se basó en la idea de que existen leyes en la naturaleza, una idea que tomó prestada del judaísmo, el cristianismo y el Islam. Unas leyes que fueron establecidas desde el principio por el alfarero, el Creador. Las leyes divinas, que también son las leyes de la naturaleza, el logos. Por todo esto hemos tendido a pensar que todos los fenómenos naturales responden a unas determinadas leyes, como si las leyes universales fueran raíles sobre los que corre un tren. Todos los eventos responderían a estas leyes. Es como en el viejo poema humorístico: Había un joven que dijo. “Maldita sea, parece que soy una criatura que se mueve sobre surcos. Ni siquiera soy un autobús, sino un tranvía.” De modo que tenemos esta idea de que existe un plan y de que todo responde a dicho plan. Pero, en el s. XVIII, los intelectuales occidentales empezaron a alimentar otra idea: la de que no importa que haya o no un arquitecto del universo, puesto que no es necesario suponer que exista. ¿Por qué? Porque la hipótesis de Dios no nos ayuda a hacer predicciones. Dicho de otra forma: si el cometido de la ciencia es hacer predicciones acerca de lo que va a suceder, la ciencia es esencialmente profética. ¿Qué sucede entonces? Que examinando el comportamiento del pasado y describiéndolo cuidadosamente podemos hacer predicciones respecto a lo que va a ocurrir en el futuro. La ciencia consiste realmente en eso. Y para conseguir esto, para hacer predicciones correctas, no es necesario tener en cuenta la hipótesis de Dios, porque ello no aportaría nada significativo. Si decimos: “todo está controlado por Dios, todo está gobernado por Dios”, eso no modifica nuestras predicciones sobre lo que va a suceder. Es por esto por lo que los científicos desestimaron esta hipótesis. Pero conservaron la hipótesis de la ley universal, porque si podemos hacer predicciones, si podemos estudiar el pasado y describir cómo han funcionado las cosas, y descubrimos que hay algunas regularidades en el comportamiento del universo, entonces aparecen las leyes. Aunque puede que no se trate de leyes en el sentido habitual del término, sino simplemente de regularidades. De modo que lo que hicieron fue prescindir del legislador y conservar la ley y concibieron el mundo como un mecanismo, algo que funciona con arreglo a unos principios regulares, mecánicos, como un mecanismo de relojería. La imagen del mundo newtoniana está basada en el juego de billar. Los átomos son como bolas de billar que se golpean unas a otras. Así nuestro comportamiento, el de cada individuo, es definido como una disposición muy, muy compleja de bolas de billar que son desplazadas por las otras que las rodean. Por ello, detrás del modelo enteramente automático del universo está la noción de que la realidad no es más que energía ciega, por usar una de las expresiones favoritas de los científicos del s. XIX. Por ejemplo, en la metafísica de Hegel o de T.H. Huxley el mundo no es más que energía, una fuerza ciega sin inteligencia. De forma paralela, en la filosofía de Freud la energía psicológica básica es la libido, lujuria ciega. Y es sólo por pura chiripa, por el resultado de la casualidad, por lo que a partir de la exhuberancia de esta energía ha surgido la gente. Gente con valores, con culturas y con amor. Pura chiripa. Como en el caso de que 1000 monos se pusieran a teclear en 1000 máquinas de escribir durante un millón de años y finalmente escribieran la Enciclopedia Británica. Teniendo en cuenta, claro está, que en el momento en que acabasen de escribirla volverían a caer en el absurdo. Para que eso no suceda, puesto que tú y yo estamos por pura chiripa en el cosmos (y a pesar de ello nos gusta nuestra vida, nos gusta ser humanos), como queremos mantenernos así, debemos combatir la naturaleza, porque en el momento en que cedamos volveremos a caer en el absurdo. Así que debemos imponer nuestra voluntad sobre este mundo como si fuésemos completamente ajenos a él, algo proveniente del exterior. Por esto vivimos en una cultura basada en la idea de que hay una guerra entre el hombre y la naturaleza. Por ello hablamos de la conquista del espacio, de la conquista del Everest; por ello los grandes símbolos de nuestra cultura son el cohete y el bulldozer. El cohete, ya sabes, como compensación por el macho sexualmente inadecuado. Por eso vamos a la conquista del espacio, cuando en realidad ya estamos claramente en el espacio. Si cualquiera tuviese la suficiente sensibilidad y se preocupase de dejar entrar al espacio exterior en él mismo, ello es posible, siempre que su mirada sea lo bastante lúcida. Ayudados por telescopios, por la radio astronomía, por todos los instrumentos super sensibles que podemos fabricar, llegamos tan lejos en el espacio como podamos nunca llegar a estar. Pero, ya ves, la sensibilidad no es nuestro punto fuerte, especialmente en la cultura WASP [siglas de White Anglo Saxon Protestant] de los EE.UU. Definimos la virilidad en términos de agresión porque nos asusta un poco la idea de que no seamos realmente hombres válidos y por ello hacemos alardes de tipos duros, lo cual es totalmente innecesario. Si tienes lo que hace falta no es necesario alardear. Y tampoco hace falta someter a la naturaleza violentamente. ¿Por qué deberíamos ser hostiles a la naturaleza? Después de todo SOMOS síntomas de la naturaleza. Tú, como ser humano, creces en este universo físico exactamente de la misma forma en que una manzana sale de un manzano. Digamos que un árbol que da manzanas es un árbol que “manzanea”, usando “manzanear” como verbo. Entonces un mundo al que llegan seres humanos en un mundo que “gentea” [es decir, produce gente]. Por lo tanto la existencia de gente es sintomática del tipo de universo en el que vivimos, de la misma forma en que unos granos sobre la piel son sintomáticos del sarampión, o de la misma forma en que el pelo en la cabeza es sintomático de lo que sucede en el organismo. Pero hemos sido criados en función de dos grandes mitos, el cerámico y el automático, que nos impiden sentir que pertenecemos a este mundo. Incluso nuestro discurso cotidiano lo refleja así. Decimos “yo vine al mundo”, pero no es verdad: viniste de él. Decimos “enfréntate a los hechos”; hablamos de “encuentros” con la realidad, como si se tratase de un choque entre agentes completamente extraños entre sí. Debido a todo esto una persona normal tiene la sensación de ser alguien que existe “dentro de una bolsa de piel”, como un centro de consciencia que mira hacia todo lo que hay en el exterior y dice “¿de donde va a venir el ataque esta vez?” Alguien puede pensar “te reconozco, te pareces a mí. Me he mirado en el espejo y tú pareces ser gente. Puede que seas inteligente y puede que también puedas amar. Quizás seas buena persona; algunos de vosotros lo sois, en cualquier caso. Tienes el tono de piel correcto, o la religión correcta, o lo que sea. Eres de fiar”. Pero luego está toda esa gente de Asia y África que tal vez no sean personas. Cuando se quiere destruir a alguien se lo define como “no persona”, no auténticamente humano. Puede que sean monos, idiotas o máquinas, pero no personas. Así que tenemos toda esta hostilidad hacia el mundo exterior debido a la superstición, a los mitos, a la teoría absolutamente infundada de que tú vives solamente dentro de tu “bolsa de piel”. Pero me gustaría proponer otra idea. En la actualidad existen dos grandes teorías en Astronomía sobre el origen del universo. Una se llama teoría de la explosión y la otra teoría del estado de equilibrio. Los partidarios de esta última opinan que el universo no tuvo un principio. Se expande indefinidamente, sí, pero como resultado de la coagulación del hidrógeno libre en el espacio se forman nuevas galaxias. Los partidarios de la otra teoría dicen que hubo una explosión primordial, un enorme estallido hace miles de millones de años que lanzó a todas las galaxias al espacio. Pues bien, tomemos esta idea y digamos que esto fue lo que ocurrió. Es como si tomásemos una botella de tinta y la lanzásemos contra la pared. Toda la tinta se esparciría y en el centro sería más densa, ¿verdad? A medida que nos acercásemos hacia los bordes las gotitas de tinta serían cada vez más finas y formarían patrones más complicados, ¿no? Pues de la misma forma hubo un big bang en el principio de las cosas, y se extendió. Y tú y yo, sentados en esta habitación como complicados seres humanos, estamos muy, muy en la periferia de ese estallido. Somos como esos pequeños patrones tan complicados que aparecen en los bordes. Lo cual es muy interesante. Pero habitualmente nos definimos a nosotros mismos como si fuésemos simplemente eso. Si crees que solamente estás dentro de tu piel, te defines como un pequeño bucle muy complicado, lejos del origen de la explosión. En un lugar muy remoto del tiempo y del espacio, hace miles de millones de años, fuiste un big bang, pero ahora eres un complicado ser humano. Es por esta idea por lo que nos aislamos y no sentimos que aún somos el big bang. Pero lo somos. Todo depende de cómo nos definamos. Si realmente hubo un big bang, si es así como todo empezó, no somos un producto de ese estallido, no somos una especie de marionetas al final del proceso. Aún somos el proceso. Eres el big bang, la fuerza original del universo, que se presenta con la forma de quienquiera que seas. Cuando nos presentan no te veo como aquello según lo que tú mismo te defines (el Sr. Tal o Cual, la Sra. Tal o Cual) Os veo a cada uno de vosotros como la energía primordial del universo que viene a mí en esta forma determinada. Yo sé de mí mismo que también soy eso. Pero nos han enseñado a definirnos como algo separado de ello.Así que el problema básico que deberíamos afrontar antes que nada es que las cosas no existen de la manera en que estamos habituados a concebirlas. Quiero decir como cosas separadas, o como eventos separados. Deberíamos entender que esto es sólo una forma de hablar. Si puedes comprender esto no vas a tener muchos más problemas. Una vez pregunté a un grupo de chicos de instituto qué es lo que entendían por “una cosa”. Al principio me dieron toda suerte de sinónimos. Dijeron que era “un objeto”, lo cual es sólo otro nombre para significar “cosa”, sin aclarar para nada lo que es una cosa en sí. Finalmente una chica italiana muy lista que estaba entre el grupo dijo que una cosa es un “nombre”. Y eso sí es bastante correcto. Un nombre no es parte de la naturaleza, sino parte del lenguaje. No hay nombres en el mundo físico, así como tampoco hay cosas separadas. El mundo físico es ondulante, móvil. Las nubes, montañas, árboles, personas, todos son ondulantes. Sólo cuando los humanos fabrican cosas, como por ejemplo cuando construyen edificios a base de líneas rectas, tratan de obviar el hecho de que el mundo es ondulante. Pero aquí estamos, sentados en esta habitación toda construida con líneas rectas, aunque cada uno de nosotros es tan ondulado y oscilante como es concebible llegar a serlo. Ahora bien, cuando se quiere controlar algo que oscila resulta difícil hacerlo, ¿no es así? Se puede tratar de coger un pez con las manos, pero el pez es ondulante y resbaladizo y se escapa. ¿Qué haces para sujetar el pez? Usar una red. De modo que una red es el instrumento básico de que disponemos para aprehender este mundo que oscila. Un red es algo regular, algo que dispone de unos agujeros que se pueden contar: tantos agujeros en horizontal, tantos en vertical. Y nombrando estos agujeros se puede decir dónde está cada ondulación. Surge el cálculo, el arte de medir el mundo. Pero para hacer esto es necesario fragmentar la ondulación y nombrar dichos fragmentos uno a uno de forma específica. Así convertimos estos fragmentos en cosas o eventos, los cuales se definen para poder hablar de la oscilación, para poder medirla y posteriormente poder controlarla. Pero en esencia, de hecho, en el mundo físico la ondulación no está fragmentada. De un huevo no sale un pollito ya troceado. Para poderte comer un pollo primero debes cortarlo en trozos y tienes que morderlo, puesto que no viene mordido. Así que vemos que el mundo no viene fragmentado, ni dividido en eventos separados. Tú y yo estamos tan unidos al universo físico como una ola lo está al océano. El océano genera olas y el universo genera personas. Y si yo te saludo y digo “yuujuuu” el mundo oscila conmigo y te dice “hola, estoy aquí”. Pero nuestra consciencia funciona de acuerdo con la manera en que sentimos y percibimos nuestra propia existencia. Como estamos influidos por el mito de que hemos sido creados, de que somos partes separadas, cosas, nuestra consciencia ha sido afectada de modo que ninguno de nosotros siente eso. Hemos sido hipnotizados, literalmente hipnotizados por las convenciones sociales para sentir y percibir que existimos únicamente en el interior de nuestra propia piel, que no somos parte del estallido primordial, sino algo aislado en el exterior de él. Y por eso el miedo nos paraliza. ¡Mi onda va a desaparecer! ¡Voy a morir! Claro, eso sería terrible. Nuestra mitología de referencia en la actualidad nos dice que somos algo que sucede entre la sala de maternidad y el crematorio. Y ya está. Por eso todo el mundo se siente infeliz y miserable. Esto es lo que la gente cree realmente hoy en día. Puedes ir a la iglesia, puedes decir que crees en esto, lo otro o lo de más allá, pero en realidad no lo haces. Incluso los testigos de Jehová, que son los más fundamentalistas entre los fundamentalistas, se muestran amables cuando llaman a la puerta, pero si verdaderamente creyesen en el cristianismo estarían gritando por las calles. Pero nadie cree realmente en eso. Habría páginas enteras en los periódicos, terribles programas de TV, las iglesias estarían fuera de sus cabales si de verdad creyeran lo que enseñan. Pero no lo creen. Piensan que deberían creerlo, creen que deberían creer, pero en realidad no lo hacen, porque aquello en lo que realmente creemos es el modelo enteramente automático. Ahí se basa nuestro sentido común, nuestra percepción más plausible de la realidad. Somos pura casualidad, eventos separados y vamos de la maternidad al crematorio y eso es todo. Eso es todo. Pero, ¿por qué pensamos de esa manera? No hay ninguna razón para hacerlo, ni siquiera científica. Sólo es un mito que ha sido inventado por gente que quiere sentirse de una determinada manera, que quiere jugar a cierto juego. El juego de Dios se volvió vergonzante. La idea de Dios como el alfarero, como el arquitecto del universo está bien. Nos hacía sentir que la vida es, a pesar de todo, importante, que hay alguien que se preocupa. Que las cosas tienen sentido y significado, que somos valiosos a los ojos del Padre. Pero pasado el tiempo se convierte en una idea incómoda, cuando te das cuenta de que todo lo que haces es observado por Dios. Él conoce tus pensamientos y deseos más íntimos y llega un momento en el que dices “deja de acosarme, no quiero que rondes por aquí”. Así que te conviertes en un ateo, simplemente para librarte de Él. Pero después de eso te sientes fatal, porque te has deshecho de Dios, pero eso significa que te has deshecho también de ti mismo. No eres más que una máquina y la propia idea de que no eres más que una máquina es una máquina, también. Así que si eres un chico listo te suicidas. Camus dijo que la única cuestión filosófica realmente seria es si se debe o no cometer suicidio. Yo sin embargo creo que hay cuatro o cinco cuestiones filosóficas serias: la primera es ¿quién empezó todo?; la segunda es ¿vamos a conseguirlo?; la tercera es ¿dónde vamos a ponerlo?; la cuarta es ¿quién va a limpiarlo?; y la quinta es ¿es esto serio? Pero, ¿deberías o no suicidarte? Esta es una buena pregunta. ¿Para qué seguir? Uno sólo sigue jugando si el juego merece la pena. Ahora bien, el universo ha existido durante una cantidad de tiempo increíblemente larga, así que una teoría del universo satisfactoria ha de ser una por la que merezca la pena apostar. Eso, me parece a mí, es de sentido común elemental. Si construyes una teoría del universo por la que no merece la pena apostar, ¿para qué molestarse? Suicídate, sencillamente. Pero si quieres seguir jugando debes tener una teoría óptima en la que basar el juego. Otra cosa no tendría sentido. Pero la gente que acuñó la teoría del modelo enteramente automático del universo estaba jugando un juego muy divertido, porque lo que ellos decían era: “todos aquellos que creéis en la religión (ancianas y fervorosos creyentes) tenéis un papaíto ahí arriba y queréis consuelo, pero la vida es dura. La vida es ardua, porque el éxito sólo les llega a los más testarudos”. Esa era una teoría muy conveniente cuando los europeos y norteamericanos estaban colonizando a los nativos del resto del mundo. Dijeron: “somos el producto final de la evolución y somos tipos duros. Soy un tipo fuerte y grandote que se enfrenta a los hechos. La vida es sólo un montón de mierda y voy a imponer sobre ella mi voluntad y a cambiarla. Soy realmente duro.” Esa es una manera de adularse a uno mismo. Por todo esto ha llegado a ser plausible académicamente y a estar de moda la opinión de que es así como funciona el mundo. En círculos académicos ninguna otra teoría aparte de la del modelo enteramente automático es respetable. Porque si perteneces al mundo académico has de ser una persona recia intelectualmente, has de ser picajoso. Existen básicamente dos tipos de filosofía. Una es la de los picajosos y otra es la de los pringados. Los picajosos son gente precisa, rigurosa, lógica. Les gusta que todo esté claramente delimitado. Los pringados prefieren las vaguedades. Por ejemplo, en física los picajosos creen que los últimos constituyentes de la materia son partículas. Los pringados creen que son ondas. En filosofía, los picajosos son positivistas lógicos y los pringados son idealistas. Y siempre están discutiendo los unos con los otros, pero de lo que no se dan cuenta es de que ninguno puede mantener su posición sin la presencia del otro. Porque nunca sabrías que defiendes la postura picajosa a menos que alguien defendiese la postura pringada. No podrías saber lo que es un picajoso hasta que no supieras lo que es un pringado. Porque la vida no es “picajosos” o “pringados”, es tanto picajosidad pringosa como pegajosidad picajosa. Van de la mano como el derecho y el revés, como hombre y mujer. Y esa es la respuesta a la filosofía. Yo soy un filósofo, y no voy a argumentar mucho, porque si no discutes mis ideas no sabré lo que yo mismo pienso. Así que si discutimos, te diré “gracias”, porque debido a tu cortesía al tomar un punto de vista diferente entiendo lo que yo quiero decir. Así que no puedo prescindir de ti. Sin embargo esta teoría de que el universo no es más que una fuerza sin inteligencia que juega a nuestro alrededor y ni siquiera disfruta con ello es una teoría mediocre sobre el mundo. La gente que sacaba ventaja de ella la presentaba de modo que ellos resultaban ser una clase superior de individuos. Pero eso ha dejado de funcionar. Ya no nos lo tragamos. Porque si realmente adoptas esa visión del mundo eres lo que técnicamente se denomina alguien alienado. Te sientes hostil hacia el mundo. Sientes que el mundo es una trampa, como un mecanismo electrónico y neurológico en el que te ves de algún modo atrapado. Y tú, pobre cosa, tienes que aguantar vivir en un cuerpo que se cae a pedazos, que contrae cáncer, o la gran gripe siberiana, y todo esto es terrible. Y todos esos mecánicos, los médicos, tratan de ayudarte, pero al final no pueden triunfar, así que al final te vas a desmoronar, y todo es un triste negocio, demasiado malo. De modo que si crees que es así como funcionan las cosas, lo mismo te debería dar suicidarte ahora mismo. A menos que te digas, “bueno, estoy maldito”. Porque después de todo puede que sí haya maldición eterna. O bien puedes pensar en tus hijos y en lo indefensos que estarían sin ti, sin nadie que les ayudase. Pero si sigues con este esquema de pensamiento y continúas apoyándoles, les enseñaras a ser como tú eres y seguirán así, arrastrándose para ayudar a sus hijos y pasándolo mal. Tendrán también miedo de suicidarse y también lo tendrán sus hijos. Todos seguirán aprendiendo las mismas lecciones. Lo que estoy tratando de decir es que el sentido común elemental acerca de la naturaleza del mundo que está influyendo a la mayoría de los norteamericanos hoy en día es sencillamente un mito. Si se te ocurre que la idea de un Dios Padre sentado en un trono dorado con su barba blanca es un mito, en el mal sentido de la palabra “mito”, has de saber que también lo es esta otra. Es igual de ridícula y tiene tan poco fundamento como ella a la hora de definir el verdadero estado de las cosas. ¿Por qué? Dejemos algo claro: si existen realmente cosas como inteligencia, amor y belleza, bien, debes encontrarlas en las otras personas. En otras palabras, existen en nosotros en tanto que seres humanos. Y como dije, si están ahí, en nosotros, son aspectos sintomáticos del esquema de las cosas. Somos tan sintomáticos del esquema de las cosas como las manzanas son síntomas del manzano, o la rosa del rosal. La Tierra no es una roca enorme infestada de organismos vivos en mayor medida que tu esqueleto es un montón de huesos infestados de células. La Tierra es geológica, sí, pero esta entidad geológica produce gente y nuestra existencia sobre la Tierra es un síntoma de este sistema (y parte de su equilibrio) tanto como el Sistema Solar es a su vez síntoma de nuestra galaxia, y la galaxia un síntoma de un conjunto de otras galaxias. Y sólo Dios sabe en qué están metidas las galaxias. Pero cuando un científico describe el comportamiento de un organismo vivo intenta decir lo que una persona hace. Es la única forma de describir lo que una persona es, decir lo que hace. Entonces descubre que al hacer esta descripción no puede quedarse en lo que sucede dentro de la piel. En otras palabras, no se puede hablar de una persona que camina a menos que comencemos por describir el suelo, porque cuando uno camina, no lo hace agitando los pies en el vacío. Me muevo con relación a un espacio, luego también debo describir el territorio. Al describir esta charla que estoy dando no puedo hacerlo como una cosa en sí misma, porque estoy hablando con vosotros. Así que lo que ahora mismo estoy haciendo no resulta completamente descrito a menos que vuestra presencia aquí sea también descrita. Podemos decir que, si esto es así, si para describir mi comportamiento debo describir vuestro comportamiento y el del entorno, ello significa que tenemos todo un sistema de comportamiento. Tu piel no te separa del mundo; es un puente por el que el mundo exterior fluye hacia ti, y tú fluyes hacia él. Si fueras, por ejemplo, un remolino de agua podrías decir que tienes una forma definida, como la que te da tu piel. ¿No es así? Hay un flujo de agua y de pronto se origina un remolino. El remolino tiene una forma definida, pero el agua no está fija en él. El remolino es producto de la corriente y de la misma manera, el universo entero nos produce a cada uno de nosotros. Os veo a cada uno de vosotros hoy y os podré reconocer mañana, tal como reconocería un remolino en la corriente. Yo diría “ oh, sí, he visto ese remolino antes. Está cerca de tal casa al borde del río, está siempre allí.” De la misma forma os reconoceré a vosotros mañana, puesto que seréis el mismo remolino que he visto hoy. Pero en realidad os estáis moviendo. El mundo entero se mueve a través de vosotros, todos los rayos cósmicos, la comida que coméis, la corriente de filetes, leche y huevos y todo lo demás está pasando a través de vosotros. Cuando osciláis, de la misma manera el mundo oscila, la corriente está haciendo que osciléis. Pero el problema es que no nos han enseñado a sentir las cosas de esa manera. Los mitos que sostienen nuestra cultura y nuestro sentido común no nos han enseñado a sentirnos identificados con el universo, sino sólo partes de él, en él, enfrentados a él, como seres extraños. Y en estos momentos tenemos, creo yo, la urgente necesidad de llegar a sentir que SOMOS el universo eterno, todos y cada uno de nosotros. Si no es así nos volveremos locos. Nos suicidaremos, colectivamente, por cortesía de la bomba H. Y, bueno, suponiendo que lo hagamos, pues no pasa nada. La vida estará haciendo experimentos en otras galaxias. Puede que ellos se lo monten mejor. [ Parte 1 ][ Parte 2 ] [ Parte 3 ] ~ |
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