Quiero analizar, desde la perspectiva oriental, siete dilemas que atenazan la mentalidad occidental. Dilema es un argumento formado por dos proposiciones contrarias, por una de las cuales hay que optar; en los dilemas, las dos proposiciones van inseparablemente unidas y no puede tenerse una sin que venga como consecuencia la otra. Los dilemas jamás se resuelven, la única salida es prescindir de ellos, dejar de planteárselos en la mente. Si no puede hacerse así, el único paliativo es encontrar un equilibrio entre los aspectos favorables y perjudiciales. De los siete dilemas, los tres primeros –el ego, el antagonismo a la naturaleza y el individualismo– están relacionados con la concepción unitaria o separativa del mundo, es decir, con la idea de unidad [discutida en un capítulo anterior]. Otros tres –la permanencia, la libertad y la culpabilidad–tienen que ver con la idea de cambio, según se conciba el mundo fijo o en flujo. Por último, el dilema del progreso está relacionado con el yoga. ~ dilema del ego Watts demuestra que la sensación prevalente de que una persona es un ego separado, encerrado en un saco de piel, es una alucinación incongruente con la ciencia occidental y con las religiones filosóficas experimentales del Este. Esta alucinación ha sido causada por modos de pensar en imágenes, modelos, mitos y lenguajes, que se han usado durante miles de años para entender el mundo, y que han tenido un efecto hipnótico sobre la percepción. Pocos suelen descubrir, por ejemplo, que los pensamientos y emociones más íntimos no son realmente personales, sino pensados en términos de lenguaje e imágenes que vienen dadas por la sociedad.
El mero hecho de aceptar la existencia del yo como una realidad objetiva inclina a adoptar una postura de imposición del yo propio sobre las circunstancias para conseguir lo que «uno» desea. Por supuesto, esta actitud no es rechazable; es la actitud heroica de Prometeo, que ha conseguido para Occidente el progreso material. No se puede pretender, con filosofía oriental o con otra cualquiera, atacar la opción voluntárista de vivir la vida decidiendo adónde se quiere ir. Lo que sí interesa es conocer y sospesar los conflictos implicados en esta posición; por eso hablamos de dilema. La filosofía oriental ayuda a ver que el propio concepto de ego es ya una opción, y avisa para que, sea cual sea la opción que se adopte, asimilando el ego o disolviéndolo, se vea la encrucijada mental y que hay más de un camino.
¿Qué pensaría el autor de estos versos, el delicado y reticente Li Po, si viera, como nosotros vemos cada verano, personas corriendo a 60 kilómetros por hora sobre la superficie ondulada del mar? uno se pregunta por qué hay quien se empeña en saltar por el mar a toda velocidad cuando existen voluptuosos barcos de vela, construidos según la forma y los ritmos del agua. La lancha motora corre y salta contra viento y marea, la barca de vela se deja llevar sobre las olas y el viento; esta opción del navegante es el mismo viejo dilema de la vida: ir a donde se quiere, o dejarse llevar. La respuesta también es vieja: el activo individualista decidirá ir á donde él quiere; el contemplativo taoísta, preferirá dejarse llevar. La cuestión es si realmente vale la pena decidir ir a un sitio y dirigirse a él contra viento y marea, o si es más sabio no tener más objetivo que disfrutar de los ritmos y movimientos del medio en que uno se mueve; decidir que lo importante no es lo que se hace, sino cómo se hace. La opción es crucial y en ella influye decisivamente el concepto que se tiene sobre el ego. Los taoístas chinos toman como símbolos de su filosofía el espacio y el agua: vacío y fluidez. El agua se adapta a las condiciones en que se mueve: cuando hay pendiente, corre, en el llano se remansa, en la cascada, cae. El vacío es posibilidad de libertad, sólo lo vacío tiene múltiples opciones. La utilidad de un ánfora reside en los espacios vacíos donde cabe el agua, no en la forma o el material de que está hecha. El vacío es omnipotente porque lo puede contener todo. Sólo en el vacío es posible el movimiento. Alguien que pudiera hacer de sí mismo un vacío en que pudieran entrar los otros, sería dueño de todas las situaciones. Así, el supremo acto del creador es la creación de sí mismo como vacío, capaz de adoptar todas las formas. Llegamos entonces a la paradoja: el yo, por ser una forma ya cristalizada, limita la libertad. El yo Fulano de Tal no hace más que ser fiel a su imagen, actuar como se espera de él, siguiendo los roles que le marca la sociedad.
Así ve Lao-tse la importancia del vacío: sin el vacío, ruedas, tazas, casas, no podrían servir para nada. La utilidad de un recipiente está precisamente en su vacío: esta metáfora es directamente aplicable al ser humano como receptor. Para captar plenamente, intensamente; para colmarse de percepción hasta los bordes, hay que estar vacío. El ego ocupa el vacío interior y sólo deja sitio a las cosas que él escoge, y a las cuales deja entrar imponiendo condiciones. El ego cierra las puertas y ventanas de la casa, las abre sólo a sus horas, y sólo admite visitas por invitación. La ayuda que la filosofía oriental puede ofrecer en la superación del dilema del ego se centra en su concepción del no-yo, y en las técnicas para hacer experimentar esta no existencia del ego. La India tiene para ello el yoga, Japón el zen, China el wu-wei. El ego está hecho de memorias, deseos, planes, resentimientos, nombres y apellidos; el yoga borra todo eso; quita las imágenes que causan la ilusión del ego en el espejo de la mente y deja limpio el espejo. El zen persigue lo mismo combinando la respiración yoga con ejercicios mentales, llamados koan, encaminados a hacer saltar en pedazos la mecánica del pensamiento racional; por ejemplo: ¿Cuál era tu cara antes de nacer?, ¿Cómo es el sonido de la palmada que se da con una sola mano? Los sufíes islámicos llegan a la disolución del ego por la energía del amor. La mística española y europea, que tomó el éxtasis amoroso del sufismo, está llena de testimonios de cómo desaparece el yo evaporado por la llama del amor.
Y desde Benarés, Kabir responde:
La contemplación rendida de lo amado: mujer, paisaje, poema, armonía, es el método infalible para deshacerse del yo. El propio Baudelaire había experimentado esos estados:
En la grandeza del ensueño, el yo se pierde aprisa; la disolución del ego no es una extirpación violenta, sino una evaporación insensible, que no se consigue por esfuerzo de la voluntad sino dejándose ir, al perderse en lo que se está viendo, oyendo, tocando. «Quedéme y olvidéme, y dejé mi cuidado entre las azucenas olvidado.» El yo desaparece ante la belleza, al influjo de la inspiración, tras el resplandor del amor, en el gozo de la unidad, como se deshacen suave-mente las brumas ante el sol de la mañana, como desaparece el color en las nubes del crepúsculo. Y cuando el yo se ha ido, no queda un vacío, porque no existe el yo, que es quien podría sentirse vacío. Lo que queda es el gozo eterno de la naturaleza integrada consigo misma a través de ojos, oídos, mentes humanas. Sólo queda una percepción Percibiéndose a sí misma. Aguí m'estich tot sol a vora'l mar. Soc la Natura sentintse a si mateixa, escribía Maragall Poeta. Lo fundamental es entender que la percepción no es un choque, sino una caricia, un entrelazado suave entre persona o cerebro y estímulo sensorial que viene de fuera. Es como luz sobre un estanque, que reverbera al unísono. Así se encuentran el hombre y sus percepciones. No hay yo y fuera, hay un tejido de materia y energía, humana y exterior, pero la misma, que al entrecruzarse, al penetrarse, se reconoce y se goza en ello. Eso es la percepción. Una vez oí explicar en palabras esta sensación a que me refiero, y que había sentido, como todo el mundo, en raros momentos de la vida. Era una tarde otoñal, tranquila y cálida; yo curioseaba en la librería Shambala de Berkeley, especializada en filosofía oriental. Eran cerca de las ocho, y el librero tenía puesta la radio donde retransmitían una charla de Krishnamurti. El filósofo indio hablaba en su inglés impecable, y su voz llenaba de armonía aquel espacio, donde la luz crepuscular parecía haber parado el tiempo. «Han mira ustedes una flor, una nube, una persona, sin pensar en obsevador y observado? ¿Han probado a contemplar algo sin dar nombres, centrándose en ello con entrega total? ("Choiceless awareness" fue su término en inglés.) Cuando se mira así, olvidándose de todo, entregándose y perdiéndose en la percepción, el espacio entre la flor y la persona desaparece, mano se hace tallo, y sólo queda una percepción percibiéndose a sí misma...» La gente se había ido quedando inmóvil en la librería: cuando Krishnamurti cesó de hablar, flotaba en el aire aroma desconocido. ~ dilema del antagonismo a la naturaleza
La noción del ego inventada por el occidental ha moldeado un tipo de hombre alienado de su propio cuerpo y, por lo mismo, alienado del entorno natural; la tradición judeocristiana ha provocado esta separación declarando mundo, demonio y carne, enemigos del alma. El cuerpo, creado por Dios, es territorio capturado por el diablo y el estudio de la naturaleza humana es el estudio de sus flaquezas. Es curioso que el psicoanálisis haya heredado esta propensión de los teólogos, dedicándose a estudiar las rarezas psicológicas en vez de avanzar métodos para vigorizar las potencialidades de la mente. Alan Watts caracteriza de esta manera la actual alienación científica y filosófica entre el occidental y la naturaleza:
Entre todas las culturas, los occidentales somos los que nos sentamos más lejos del suelo: árabes, indios, japoneses, se sientan en el suelo, sobre almohadas, o en sillas minúsculas. Occidente sólo toca el suelo con los pies y esto no es casualidad: la tradición judeocristiana afirma que la naturaleza está hecha para servir al hombre y que éste se debe relacionar con ella como un rey con sus posesiones; tal actitud de autoridad y separación entre hombre y naturaleza ha degenerado en antagonismo. Resultado de esta actitud de antagonismo, lucha y conquista contra la naturaleza, es la crisis ecológica. La crisis ecológica de Occidente no es un problema técnico, es básicamente un problema filosófico: su causa está en el antagonismo hombre-naturaleza inculcado por los dualismos racionalistas del pensamiento judeocristiano; las ciencias han adoptado los modelos mecanicistas y deterministas de la física newtoniana, los cuales, con su separación sujeto-objeto, observador y observado, han alejado cada vez más al hombre de su entorno. En el taoísmo chino, por el contrario, tenemos una filosofía de integración con la naturaleza, una actitud de respeto ecológico. La ecología es la ciencia que se ocupa de las interrelaciones de los seres vivos entre sí y con su medio ambiente; se pone el énfasis en la interrelación de los individuos, los todos como determinantes de las partes, la evolución como ley de conducta. Por el contrario, el modelo mecanicista newtoniano de la física pone el énfasis en las partículas individuales separadas; en las partes como determinantes del todo; el análisis o la disección como medio de comprensión; el choque aleatorio de partículas como ley de conducta microcósmica, la gravitación inmutable y determinista como ley de comportamiento macrocósmico. Este mismo enfoque mecanicista de la física se traspasó a la biología y a las ciencias sociales llegándose a los kafkianos modelos de la psicología conductista, donde el hombre es manipulado como una rata por estímulos y respuestas, o de la economía utilitarista, donde la competencia y el egoísmo individual son postulados como motor de la sociedad. Para un intelectual ajeno por nacimiento a la cultura occidental, como Rabindranat Tagore, la inadecuación del modelo científico europeo resulta evidente «Analizar es considerar las cosas desde el punto de vista de la destrucción. Cómo puede comprenderse un ser vivo contemplándolo desde el puento de vista de la muerte?» La intuición poética de Wordsworth captaba esta misma contradicción de la ciencia analítica:
Esta limitación congénita del método empírico positivista está siendo denunciada por biólogos, psicólogos, sociólogos y economistas. Los ecólogos, por definición, la han tenido siempre presente. De ahí que la ecología se haya popularizado; su modelo responde a las necesidades de enfoque sintético integrativo actuales. Un movimiento artístico de fin de siglo, el modernismo, prefiguró el retorno hacia los modelos biológicos con su empleo de motivos inspirados en el movimiento de elementos de la naturaleza, en tanto que la filosofía de aquella época preludiaba el actual revival ecológico. Alfred North Whitehead con el organicismo rechazó el enfoque mecanicista; antes de 61 Maxwell, en su teoría del campo electromagnético, había resuelto la paradoja newtoniana de la acción a distancia mermando la credibilidad del modelo mecanicista; la teoría de Maxwell es un enfoque holista, que da preponderancia al todo, campo magnético, sobre las partes, partículas individuales. Este enfoque se ha hecho aún más relevante al descubrir Einstein que la partícula y la onda electromagnética son transformables según la célebre ecuación E mc2. Si esto es cierto, las leyes del campo general son más significativas que las del comportamiento de la partícula individual, y el proceso pasa a ser lo real, en lugar de la esencia. De hecho, el proceso es lo real, en tanto que la esencia es un concepto inventado intelectualmente y que no tiene existencia en una realidad, donde las partículas son momentáneas condensaciones materiales de energía. En la cosmogonía oriental, esta noción era antigua. El poeta Li Po escribió ya en el siglo VIII: «Una realidad está cambiando constantemente sus formas: sucesos sin fin fluyen hacia la eternidad.» Paralelas a las teorías de Maxwell y Whitehead, el vitalismo, el holismo de Jan Christian Smuts y la teoría de la evolución creativa de Henry Bergson, recogida por Theilard de Chardin, afirmaron la necesidad de un enfoque de tipo ecológico en las ciencias de la naturaleza. En los últimos años, las conclusiones de la cibernética, la teoría de la información y la teoría general de sistemas han reforzado la relevancia del modelo ecológico, y la crisis ambiental ha sacado la polémica de las academias, para ponerla en la calle. El sufrido ciudadano a quien los pájaros despiertan tosiendo, se pregunta qué respuestas piensa dar la celebrada ciencia moderna a los problemas de contaminación, superpoblación concentración y agotamiento de recursos naturales que se agudizan amenazadoramente. El tema es complejo y las respuestas no pueden ser puramente científicas, sino filosóficas. La solución de estos problemas requiere un cambio considerable en la visión del mundo; supone un acercarse a la filosofía naturalista de Oriente. Oriente, precisamente porque no adoptó la concepción occidental del individualismo, por otra parte liberadora, tiene una filosofía en que el hombre está más integrado en la naturaleza, dejándose llevar con mayor confianza por el fluir del tao, el río universal. En China, al hombre se le educa para fluir con la naturaleza; en Occidente, se le inculca que debe dominarla. Ambas posturas tienen ventajas, pero la occidental toca sus rendimientos decrecientes con la crisis ecológica. Para salir de ella convendrá que el altivo conquistador de la naturaleza adopte una actitud de coexistencia pacífica; esta actitud puede aprenderla de la propia naturaleza, porque como dice el proverbio tántrico: «Cuando uno cae al suelo, es con ayuda del suelo como se levanta.» En el fondo, el antagonismo es un problema de miedo de nuestro propio cuerpo, miedo de los animales, dé las fuerzas de la naturaleza; miedo a dejarse llevar, a lanzarse plenamente en el tumultoso torrente de las fuerzas vitales. El remedio está en un acto de clarividencia y de aceptación; clarividencia para ver que somos el mundo y que nunca hemos estado separados de él, por más que lo pensemos y decretemos con la cabeza; aceptación para dar un voto de confianza a la naturaleza, como quien se hace a la vela, o se deja flotar inmóvil sobre las aguas: una vez vencido el miedo a hundirse, la voluptuosidad es inmensa: el mar sabe mecer con la suavidad de una madre. Siempre me ha parecido significativo que en películas sobre la prehistoria, incluso bien hechas como En busca del fuego, se da una imagen brutal y violenta del hombre primitivo. También es chocante la insistencia de muchos pensadores por aceptar sin más que el hombre primitivo vivía aterrado por las fuerzas de la naturaleza: el trueno, el rayo, los cataclismos atmosféricos o tectónicos, y que por eso inventó la religión y otras «supersticiones». Creo que es exactamente al revés: quienes se aterrorizan ante la naturaleza son los que viven en la ciudad, que son quienes escriben esas cosas y realizan esas películas. El hombre primitivo estaba en contacto permanente y confiado con la naturaleza. Sabía de sus cataclismos, pero no por ello adoptaba una actitud permanente de terror. Al contrario, al tener una sensibilidad que ahora se ha perdido, estaba en relación de madre-hijo con la naturaleza, no de espectador aterrado. Creo que el hombre primitivo era mucho menos violento que nosotros y que somos nosotros quienes proyectamos en él la violencia nuestra y nuestra alienación de la naturaleza. Cree el ladrón que todos son de su misma condición. Cuando Hobbes escribió que la vida del hombre primitivo era: continual fear and danger of violent death; and the life of man, solitary, poor, nasty, brutish and short (temor y peligro continuos de muerte violenta; y la vida humana, solitaria, mísera, desagradable, brutal y corta), estaba describiendo la vida del proletariado inglés de su época, no la del cazador recolector neolítico. El hombre antagonizado con la naturaleza es un reprimido puritano al cual la filosofía oriental puede ofrecer mapas maravillosos para encontrar el camino de vuelta: el Tao-Te-ching de Lao-tse, el libro de Chuang-tzu, los poemas de la época Tang, la pintura paisajista de la época Sung y los tratados estéticos sobre ella, el maravilloso libro de excursión Las sendas de Oku de Basho: Todavía no era oscuro cuando nos dispusimos a pasar la noche al pie de la colina y subimos al templo principal. La colina era todo peñas, una sobre otra, los pinos y cipreses, antiguos, la tierra y piedras, viejas y musgosas; el templo sobre las rocas cor las puertas cerradas.No se oía nada. Subimos por las peñas y alrededor de ellas, y rezamos en los templos, nuestros corazones llenos del misterioso silencio y maravilloso escenario. Luego, la luz de la luna tocó el rincón de mi habitación: llegaba a través de las hojas y las ranuras de la pared. Inclinando mis oídos a ruido de los pájaros del bosque y las voces de los aldeanos quf ahuyentaban los ciervos, sentí en mi corazón que la soledad de otoño estaba ahora consumada. Pero antes del amanecer, la luna comenzó a brillar a través de los claros de nubes suspendidas. Desperté inmediatamente al sacerdote y otros miembros de la casa se levantaron con él. Nos sentamos largo tiempo en corn pleto silencio, mirando la luna que trataba de atravesar las nubes y escuchando el sonido de la lluvia incesante. Basho expresa en sus poemas y relatos de viajes el misterioso silencio de comunión con la naturaleza, la relación hecha de atención y maravilla, entre hombre y mundo, cuya recompensa es un intenso estar en el sitio y la intuición de los significados secretos de las cosas.
~ dilema del individualismo
De todas las maravillas que lograron los griegos, entre todas las visiones que concibieron, la más transcendente fue el humanismo: la rebelión prometéica contra la autoridad y las fuerzas ciegas. El templo griego se perfila nítido sobre el áspero suelo ático, su línea es clara, humana y luminosa como Afrodita saliendo de las aguas: Grecia es el mediterráneo, claridad de luz filtrada por atmósferas aladas, equilibrio del azul marino con el verde de los pinos, contraste del ciprés agudo, clavado como una uña sobre montañas suaves y rotundas, ánforas esbeltas incadas en la arena de la playa. Grecia es la cultura de la medida, de la escala humana, de la naturaleza cultivada y amigable; la primera civilización que supo hacer del hombre la medida de todas las cosas. Otras culturas inventaron dioses, reyes y espíritus: los griegos hicieron hombres. «Grandes maravillas existen en el universo, pero ninguna es comparable al hombre en sí mismo»; y por eso decidieron que la obra de arte más importante era el Hombre; para ellos, educación significaba moldear deliberadamente el carácter humano según un ideal. El humanismo griego es el proceso de educar al hombre hacia su verdadera forma; en esto consistía, según Jaeger, Paideia, el ideal de la cultura griega. Pese a los innumerables libros escritos sobre ella, la cultura griega resulta difícil de comprender; hay un elemento no racional, un estado de ánimo, un ángel indefinible en la vida griega que no se puede explicar, pese a ser lo que más la caracteriza. Una maravillosa obra de arte como la vida griega no se consigue con leyes ni tratados filosóficos, tiene que venir de un estado de ánimo que sólo puede dar una experiencia interior. Tuve esta intuición en Olimpia, ante la estatua del Hermes de Praxíteles; instantáneamente viene a la cabeza la palabra «ataraxia»: en aquel semblante se puede conocer sobre Grecia más que en docenas de libros. ¿Qué hay detrás de lasonrisa praxiteliana? ¿Qué se oculta tras la ataraxia que hizo a los griegos, entre todos los pueblos, soñar más bellamente el sueño de la vida? Ningún libro lo ha explicado todavía, y no podrá hacerlo porque lo escrito en el frontispicio de Delfos y en la sonrisa hermética, sólo se explicaba dentro del templo; Y los templos han desaparecido, los misterios se han perdido. Las experiencias de los misterios que vivieron Platón, Píndaro, Esquilo, Praxíteles y todos los creadores de la ataraxia griega no existen ya. La ataraxia era un estado de ánimo, y por lo mismo, difícil de comunicar con palabras. El propio Jaeger lo entiende así cuando dice: «Pese a su naturaleza artística, los griegos casi nunca pensaron que el hombre pueda educarse contemplando obras de arte. Consideraban que las únicas fuerzas genuinas que podían formar el espíritu eran palabras y sonidos y, en tanto actúan por palabras y sonidos, el ritmo y la armonía; porque el factor decisivo en toda paideia es energía vital.» Era una transmisión no verbal, de mente a mente, cuerpo a cuerpo, como la sonrisa de Praxíteles. Cuando Constantino clausuró los misterios, la vida de Grecia perdió su fuerza interior, aquel poder formativo del espíritu que, según Plotino, engendra la belleza en las formas materiales. El ideal de la cultura griega se preservó en libros, en dramas, en mármoles; pero aquel reposo, aquel equilibrio interior, aquella noble serenidad hecha de valor y elegancia, la energía vital de donde nacían los actos de la vida griega, había desaparecido. En los cuerpos del hombre disminuido actual, aquella fuerza vital es ya sólo un rescoldo cubierto por las ruinas de veinte siglos, vaga luz crepuscular sobre columnas partidas. En nuestro mundo, la maravilla que fue Grecia se ha extinguido, y sólo queda un último resplandor, en aquel museo de Olimpia, flotando misteriosamente, en la sonrisa del Hermes de Praxíteles. Por uno de los desconcertantes avatares de la historia, esta creación sublime de la cultura griega, el humanismo, ha degenerado en el vulgar y agresivo individualismo de la época actual. Pese al intento italiano por reinterpretar el ideal griego en el hombre universal del Renacimiento, al intento español por reinterpretarlo en el individualismo quijotesco, o el intento inglés de reinterpretarlo en el individualismo romántico, la burguesía mercantil e industrial banalizó estas alternativas y acabó imponiendo el individualismo del negociante: el empresario competitivo, agresivo y utilitarista. El individualismo de la cultura europea actual es una mutilación del ideal griego; es el retrato de Dorian Grey del hombre dórico, marchitado por veinte siglos de comercio y usura. Entre el humanismo griego del siglo v a.C. y el individualismo europeo del xx, hay toda una diferencia que va del cuerpo desnudo de Policleto al traje gris del ejecutivo agresivo. Lord Byron, «hombre valeroso que fue a morir por Grecia, porque amaba la libertad», opinaba esto del mundo vulgar y deshumanizado de la revolución industrial:
Byron y la generación de románticos intentaron una revolución cultural para elevar el nivel moral de Europa a la altura de su poderío tecnológico, pero fracasaron y ahora recogemos multiplicados los efectos del utilitarismo tecnológico que hace escribir amargamente a Levi-Strauss: «No creo en Dios, pero tampoco en el hombre. El humanismo ha fracasado. No ha evitado los actos monstruosos de nuestra generación. Se ha prestado a excusar y justificar toda clase de horro-res. No ha comprendido al hombre. Ha tratado de separarle de las demás manifestaciones de la naturaleza.» El individualismo es una opción noble y heróica si es movido por un sincero altruismo interior, ¿quién no se emociona ante las incomprendidas rarezas de don Quijote?; pero cuando es movido, como hoy día, por el ideal utilitarista de lucro, poder y egoísmo, el individualismo es repugnante. Éste es el dilema que confronta hoy a Occidente: su mejor invención, traído consigo un ideal humano despreciable, totalmente opuesto a lo que el individualismo griego se proponía en su origen. El individualismo sólo es beneficioso cuando nace de una serenidad interior como la griega, cuando el hombre, al obrar individualmente, está escuchando dentro de sí las innumerables resonancias entre todas las cosas y con los demás hombres. Es verdad que entre las grandes maravillas qué' existen en el mundo ninguna es comparable al hombre en sí mismo, pero sólo al hombre ensimismado de la sonrisa hermética, al que oye las armonías universales y actúa con profundo respeto hacia ellas. En Oriente el individualismo no existe. La noción del todo es tan explícita, que los individuos quieren integrarse en la naturaleza, más que destacarse; dejarse llevar por la vida, más que imponer su voluntad. La filosofía oriental puede por ello servir como antídoto contra el individualismo exacerbado de Occidente, pero no como sustitutivo: el individualismo es una invención irrenunciable. Para amortiguar el individualismo con una visión integradora es recomendable la lectura de los Upanishads hindúes y del maravilloso compendio mitológico de Heinrich Zimmer Mitos y símbolos en el arte y civilización indios. En el Bahavad Ghita, la relación individuo-totalidad se expresa así:
El individualismo es, a la vez, útil y perjudicial, necesario pero agresivo. Sólo un individualismo humanista, fundado en ideas de respeto e integración al todo social y natural, puede salir del atasco del individualismo utilitarista. Los dilemas causados por la ilusión del ego, el antagonismo a la naturaleza y el individualismo, provienen de la concepción no unitaria de Occidente; hay otros causados porla concepción fluida o fija del mundo: los primeros tenían que ver con la concepción de unidad en la filosofía oriental, los que siguen se relacionan con las ideas sobre el cambio. ~ dilema de lo permanenteErase de un marinero que hizo un jardín junto al mar, y se metió a jardinero. El jardín estaba en flor, y el marinero se fue por esos mares de Dios. Antonio Machado En los raros momentos que se anula la personalidad, como quien se quita un vestido, se entra en contacto con la base del ser. Cuando el cuerpo se hace ingrávido, como si desapareciera, y toda la percepción se agudiza y difunde, se llega a «Ser nada más, y basta; es la absoluta dicha», según lo formula Jorge Guillén. Entonces todo puede suceder, porque se está vacío, y en el vacío cabe toda potencia de acto. Es una sensación sobrecogedora que exige un acto de confianza en el universo para no caer en el terror. En el umbral del gran va-cío, cuando el yo se ha ido, se siente vértigo; sólo queda ya la más profunda energía interior, y es el momento de apelar a ella. El vacío con confianza es iluminación, el vacío con miedo es locura. Más allá del vacío renace el superhombre. Buda es el superhombre iluminado que ha vuelto de un viaje a un nivel superior. Cuando ante el vacío no se emana amor, sobreviene el miedo, el pavor del Pascal ante el silencio eterno de los espacios siderales; y, al sentir miedo, se vuelve a buscar refugio en el yo. Por el contrario, quien, como San Juan de la Cruz, conoce la música callada y la soledad sonora, se abandona gozoso, se entrega, se deja arrebatar, «amada en el Amado transformada».
El no dejarse ir en el flujo cósmico es por falta de confianza, por miedo, lo cual es normal en una cultura alienada de la naturaleza; se buscan asideros para no dejarse llevar por la corriente de la existencia, y estos asideros son invenciones mentales: la noción de lo absoluto, lo permanente, las esencias inmutables, el ego. Estas ideas, el occidental está dispuesto a defenderlas a punta de espada, como aquel genera que declaró, en cierta ocasión, que el ejército es la salvaguarda de lo permanente. Los occidentales nos sentimos ante la corriente cósmica como el que se baña por primera vez de noche en el mar: tiene que confiar en las tinieblas. Para la agnóstica cosmología actual nada inclina a suponer que el universo tenga que ser bueno; desnudado de toda espiritualidad y propósito, el universo de la ciencia moderna es un pedregal de materia inerte, chocando sin sentido por las enormidades siderales, para nada. El universo, según esta visión no es malo: es neutro. En él no existe propósito, sino azar; como una máquina; es sintomático que la cultura que ha glorificado la máquina haya acabado viendo al hombre como una máquina y al universo como una supermáquina. ¿Quién atreverá a dejarse ir dentro de un engranaje? El occidental quiere transformar la vida, que es como una película, en una foto fija. Nos empeñamos en bañarnos dos veces en el mismo río, ponemos diques y arremansamos corrientes hasta que las aguas se pudren; entonces nos bañamos dos veces en aguas muertas. La física moderna dice que las partículas no existen, son sólo maneras convenientes de agrupar sucesos; asimismo, el yo no existe, es sólo un conjunto de recuerdos y propósitos; olvidando éstos, el yo desaparece. Para aferrarse a algo permanente se busca lo absoluto y la verdad. Este error comienza en Parménides, quien localizó la verdad en el intelecto; inmediatamente, el mundo de la naturaleza se convirtió en un ámbito de objetos delante de la mente, objetos que deberán ser manipulados por cálculo científico y práctico. Las dos grandes corrientes de pensamiento que forman la mentalidad occidental, la judía y la griega, son profundamente dualistas, dividen la realidad en dos partes y ponen una contra la otra. El judío hace esta división basándose en argumentos religiosos y morales: Dios trasciende absolutamente al mundo y está perfectamente separado de él; el mundo es para Dios como el excremento que los astronautas dejan en la luna. Aparecen los dualismos dios-criatura, ley-pecado, espíritu-carne. El griego, por otra parte, divide la realidad basándose en argumentos intelectuales. Platón, al fundar la filosofía occidental, divide la realidad absolutamente en el mundo del intelecto y el mundo de los sentimientos. La consecuencia es acabar enseñando a los niños que el hombre es el animal racional. Platón y Aristóteles no sólo hicieron de la razón la función más alta y valiosa, sino que llegaron al extremo de hacerla el centro de la identidad personal. Los orientales nunca cayeron en este error; favoreciendo la intuición sobre la razón, captaron intuitivamente otro centro de la personalidad que mantiene en unidad Ios opuestos en pugna: razón e irracionalidad, intelecto y sentidos, moralidad y naturaleza. Buena parte del actual trabajo de los psicoanalistas consiste en resolver los conflictos causados en la mentalidad occidental por las dualidades de las culturas judía y griega. La cultura occidental es una dualidad al cuadrado, producto de dos culturas, la judía y la griega, que, cada una por su lado, son dualistas; la judía entre carne y espíritu; la griega entre intelecto y sentimiento. La salida al dilema del miedo a lo cambiante es conocida para cualquiera que haya gozado de la velocidad. Para disfrutar de la velocidad en bajada o caída, hay que lanzarse, dejándose llevar sin la menor resistencia. En el momento que se desconfía, o que se teme la caída, sobreviene el pánico y el golpe. Lo mismo en la vida. Cambiar el pensamiento de desconfianza por uno de confianza es un acto de voluntad plenamente recomendable; la corriente, de ser un tirón amenazador se convierte en un viaje. Los que han tomado substancias psiquedélicas saben que lo peor, durante el viaje, es querer bajarse en marcha; al no ser posible, se entra en un viaje de paranoia: lo mismo ante el cambio vital. El deseo de permanencia, la búsqueda de fijezas y absolutos, es una actitud miedosa típicamente burguesa. El bohemio, el gitano, el vagabundo, arquetipos opuestos al burgués, son personas acostumbradas a vivir en lo variable. Oriente, con su filosofía del cambio, se encuentra más a gusto en él que los europeos. Leemos a Tu-fu, Li Po, Basho, como las flores que los chinos plantan sobre el agua, un canto a lo efímero y la impermanencia. En Oriente se construyen templos y palacios con la ligereza del jade y bambú; en Europa el palacio y la iglesia son pétreos castillos cerrados y sólidos; el palacio y el templo orientales son pabellones abiertos para gozar de la naturaleza. Solidez y ligereza son las traducciones arquitectónicas de dos mentalidades ante el mundo: el deseo de fijeza, la entrega al cambio. La mejor técnica para penetrar en la filosofía del cambioes el I Ching o Libro de las mutaciones. Usado como oráculo, el libro va comunicando poco a poco, a fuerza de consultarlo, su peculiar manera de ver el mundo. La filosofía del cambio contenida en este libro da una sabiduría natural para actuar con serenidad, en el momento oportuno, ante las cambiantes circunstancias de la vida. Toda la filosofía china, confucionista o taoísta, está influida por este libro. El taoísmo y la poesía tang son otras fuentes de filosofía del cambio, una filosofía que, misteriosamente, los grandes hombres que en el mundo han sido parecen conocer con sabiduría innata. Así, por ejemplo, Antonio Machado entiende, como Heráclito, el arte de pasar por el mundo:
~ dilema de la libertad Los orientales no lo han resuelto políticamente, porque se someten a estados autoritarios; los occidentales pretenden asegurar la libertad por el voluntarismo y el individualismo, pero tampoco se sienten libres. La idea corriente sobre la libertad es hacer lo que a uno le viene en gana. La libertad se asimila a un ejercicio de la voluntad individual. Libertad implica voluntad. Será muy difícil admitir que en la filosofía oriental libertad implica ausencia de voluntad? La hipótesis oriental es que cuanto más se pretende imponer la voluntad, menos libre se es: para ellos, la libertad no consiste en lo que se hace, sino en cómo se hace. Libertad es moverse con facilidad y gozo, como una hoja al viento, una barca en la corriente, el humo flotando ocioso hacia el cielo: implica dejarse llevar, no imponer la voluntad si ésta no se mueve a favor de las fuerzas del medio en que está inmersa. En el límite, según me explicó un monje zen del monasterio de Tasahara, la perfección de movimientos que los monjes budistas dan a sus reverencias y saludos, repetidos mil veces, es un método para realizar la completa libertad. Debo confesar que aún no he logrado penetrar esta paradoja, pero siento intuitivamente que existe razón en ella, por-que cuanto más se impone una situación, menos libre se es, y, en cambio, las veces que uno se deja llevar por los acontecimientos logra una sensación de libertad inesperada. Bajo ningún concepto puede interpretarse esto como un argumento reaccionario en favor del acatamiento a estructuras de explotación e injustas. Es sólo una matización del desaforado deseo de imponer la voluntad personal en todas las situaciones. La filosofía china tiene un término para esta paradoja: wu-wei, mal traducido por no-acción, algo menos mal traducido por quietud creativa y, mejor aún, por acción sin intención. Chuang-tzu la explica así:
¿Quién es más libre, el que derrocha esfuerzos penosos para lograr su idea previa o el que, sin preconcepciones, va haciendo agradablemente lo que se le presenta como factible? Se dirá que con el wu-wei aún estaríamos en las cavernas, pero también se puede pensar que era más feliz un indio amazónico en su selva que en una granja. Desde luego era más libre. Para ser libres —confundiendo libertad con capacidad de hacer cosas—, los occidentales nos hemos complicado enorme-mente la vida. Desenredar esa madeja de obligaciones aceptadas para conseguir un dinero que, en teoría, nos hará más libres, es superar el dilema de la libertad. ~ dilema de la culpabilidad
Desde el Paraíso perdido de la Biblia hasta el Pepperland Pop de los Beatles, Occidente continua añorando los jardines asolados por este monstruo. El complejo de culpabilidad, siniestro engendro de la mente, es inoculado como una vacuna infantil, y vive agazapado en la mentalidad occidental alimentándose de emociones químicamente puras: melancolía sin alegría, tristeza sin satisfacción, remordimiento sin orgullo. Sólo en los últimos siglos ha reaccionado Occidente contra la general aceptación del sentimiento de culpabilidad. Esta rebelión puede trazarse en la literatura: después del arquetipo de Prometeo no volvió a replantearse hasta el Lucifer de El paraíso perdido de Milton y el héroe romántico byroniano. La rebelión de Esquilo, de Milton y de los románticos denuncia la paradoja, irresuelta por la mentalidad occidental, del origen del mal. Si Lucifer es malo, es porque Dios quiere; si Adán come de la fruta, es porque Dios se la pone en el Paraíso. Si Dios lo ha creado todo y lo puede todo, y en el universo existe el mal, él lo quiere. La cuestión del origen del mal es uno de los más flagrantes líos mentales de la mitología occidental, y veinte siglos de filosofía y teologías sobre el tema no lo han aclarado lo más mínimo: cualquier persona con sentido común puede acabar diciendo como Margaret Mead: «Si existe un dios que crea al hombre finito, lo pone sobre un mundo finito, lo deja ser malo y luego lo encierra en un subterráneo en llamas para siempre, me parece muy bien; pero no tengo ningún interés en ser presentada a semejante sujeto.» No es raro que muchas personas acaben por negar lo espiritual. La salida de que Dios da libertad al hombre, y lo pone a prueba, resulta forzada. Según eso, Dios castigaría a Adán por querer saber más, lo cual pone los premios Nobel y las universidades en entredicho. La contradicción llega al ridículo que se aprecia en la película La Biblia, de John Huston, donde cada vez que se oye la voz en off de Dios se desencadena un cataclismo: diluvio, confusión de lenguas, holocausto de Sodoma, aterrando a las pobres gentes que están por allí haciendo lo que pueden. Para los orientales el mal no existe; sólo existe la compensación según la ley del karma y los aspectos destructivos de la divinidad. Toda construcción requiere un cambio en la configuración anterior, y por tanto, implica destrucción. Existe un mito hindú que explica la visión oriental sobre la relación entre dios y el mal: es el episodio del encuentro entre el dios Krishna y el genio del mal, Kaliya:
En Oriente, según este mito, la divinidad asume responsabilidad en la creación del mal; no se explica por qué existe, pero al menos se presenta como parte de dios. El mal son los aspectos destructivos de la divinidad; destrucciones que en el plano universal tienen su lógica, y que en el humano se interpretan como mal. El mal, Kaliya, le echa en cara a dios su inconsistencia al castigarlo. Similar es el mensaje implícito en El paraíso perdido de Milton, donde el personaje de Satán es más coherente que el de su creador. Dice Shelley: «El Diablo de Milton, como personaje moral, es superior a su dios, porque persevera en un propósito que considera excelente, a pesar de la tortura y la adversidad ante quien, en la fría seguridad de su triunfo indudable, inflige la más horrible venganza sobre suenemigo; no con intención de hacerle arrepentirse de su enemistad, sino con el propósito abierto y declarado de exasperarle para que sea merecedor de nuevos tormentos.» Milton violó con esta interpretación la visión tradicional al no conferir ninguna superioridad moral a dios sobre su diablo. Milton iniciaba así la protesta moderna contra la interpretación judeo-cristiana de la culpa. Más tarde, los pensadores románticos se negaron a continuar aceptando el complejo de culpabilidad y la insostenible paradoja del pecado y la maldad humanas. Por primera vez en Occidente, desde Prometeo, un grupo de hombres se negó a mirar el mal con los ojos de la culpa y empezó a buscar una posición más humana y abierta. Byron, en su vida y en su poesía, creó un personaje marcado de antemano por algún crimen, exilado y condenado desde el nacimiento, que se subleva contra su destino. Byron es el avatar moderno del arquetipo del rebelde: responsable de su pecado e incapaz de admitir sentimientos de culpabilidad. Respuesta romántica al Job burgués de la revolución industrial, el héroe romántico ansiaba la sensación de ser golpeado implacablemente por la venganza del cielo. Byron creaba bajo esta tensión, viviendo incestuoso, rebelde, librepensador y aventurero, realizando en su vida el ideal heroico de sus obras. Su poesía no fue como Wordsworth «emoción destilada en tranquilidad», sino la «lava de la imaginación, cuya erupción evita el terremoto». Byron no necesitaba vender su alma al diablo porque los encantos prestados de Fausto los tenía de suyo: juventud, nobleza, valentía y el don fatal de la belleza. El combate que él inició, lo continuaron algunos poetas del XIX.Shelley escribe sobre la belleza de la medusa, que representa alegóricamente la belleza existente en la monstruosidad, y en su prefacio al drama Los Cenci alude a la «tenue sombra de placer que hay en el dolor» (that faint shade of pleausure which is in pain). Baudelaire en Las flores del mal se jacta de haberse comportado: «Comme un parfait chimiste et comme un time sainte, car j'ai de chaque chose extrait la quintessence, tu m'as donne' ta boue et j'en al fait de l'or.» Y advierte como epígrafe a su libro condenado:
Nietszche acabaría denunciando en El Anticristo la moral de esclavos cristiana y el inaceptable empleo de la culpabilidad para someter intelectualmente a las masas. Esta lucha contra el complejo de culpabilidad y el integrar el mal, de modo no absurdo, en la visión del mundo, fue obra de los artistas del siglo XIX, continuada después científicamente con la invención freudiana del psicoanálisis. Para combatir a la medusa, el héroe emplea un espejo como escudo; al verse en él, el monstruo se destruye; ésta parece ser psicoanalíticamente la manera de eliminar el complejo de culpabilidad; hacerle mirar sobre sí mismo, sacar a la luz los monstruos agazapados en los antros oscuros del subconsciente personal y colectivo. Los psicoanalistas etiquetan estos monstruos: ahora se llaman complejos; antes los poetas los llamaron arquetipos y los representaron en los mitos. No es casualidad que Freud bautizara sus complejos con nombres griegos. Grecia hacía psicoanálisis en su mitología y terapia de grupo en el teatro. ~ dilema del progreso
El dilema del progreso consiste en que el propio éxito ha devenido peligroso. Los adelantos de la medicina han desencadenado una explosión demográfica, los de la física la energía atómica, los de la economía la contaminación; de los adelantos en transporte ha nacido la prisa, de la movilidad social, el arrivismo y la agresividad. Todas esas cosas, que en sí son buenas, han traído aparejadas condiciones nefastas. Parece que el progresismo, como todas las cosas, necesita medida. El equipo del Club de Roma, tras estudiar la evolución económica mundial a largo plazo, ha dictaminado: Si las tendencias presentes de población, industrialización, contaminación, producción de alimentos y agotamiento de recursos naturales, continúan al ritmo actual, este planeta alcanzará los límites de su crecimiento hacia el año 2050. El resultado más probable será una disminución súbita e incontrolable de la población y la capacidad industrial. No somos el primer grupo que llega a estas conclusiones. Durante las últimas décadas, los que han estudiado el mundo con una perspectiva global y a largo plazo han llegado a conclusiones similares. No obstante, la mayoría de los políticos y gobernantes parecen perseguir objetivos que van en contra de estas proyecciones. El problema del progresismo occidental reside en su aplicación de modo ilimitado, por una opción filosófica enraizada en la cosmología judeo-cristiana. Así como los orientales postulan la unidad del cosmos y por tanto, todo movimiento es un movimiento hacia sí mismo, los occidentales postulan un universo en entidades separadas, y por tanto, cada parte, al moverse, se separa de las otras y sigue su propia trayectoria. Una opción metafísica como el mito de la creación, distinto en Oriente y en Occidente, tiene, a la larga, consecuencias prácticas como el desarrollo de Europa y el subdesarrollo de Asia. El dilema del progreso consiste en que hoy día el mismo éxito comienza a causar peligrosos desequilibrios. Los daños no son sólo físicos, como la contaminación o el agotamiento de recursos naturales; son, sobre todo, mentales. El progreso conseguido hasta ahora no ha traído una felicidad clara ni a los que lo disfrutan. Occidente no ha logrado crear una sola comunidad que viva más serena, sociable y civilizadamente que los antiguos griegos, los hispanoárabes de Córdoba, los chinos Tang, o la Persia de Hafiz. Y no vale consolarse alegando los esclavos, porque, de hecho, ahora también los hay. El progreso debería enfocarse con una óptica orientalizada. Ha llegado el momento de parar la acción y meditar sobre lo conseguido, de cambiar el énfasis y dedicar las energías al progreso dentro de la persona, para que la calidad moral del hombre se ponga a la altura de los adelantos técnicos. El progreso psíquico es el yoga. Cada época histórica tiene su yoga, cada cultura, cada individuo. El yoga de nuestro tiempo en Occidente ha de ser el equilibrio: la medida. El nacimiento de la nueva cultura sólo puede surgir de la reinstauración del hombre como medida de todas las cosas. Se han de remodelar las ciudades para que vuelvan a estar a escala humana, hay que reorganizar la producción en talleres artesanales de dimensiones humanas, hay que diseñar máquinas adaptadas al hombre en vez de convertir a éste en engranaje de la máquina. Hay que dedicar los recursos de la abundancia y las horas de ocio creciente a desarrollar potencialidades humanas físicas y mentales. El progreso ha de dejar de entenderse en términos materiales, cuando ya están cubiertos, y centrarse en el desarrollo de la sensibilidad. Los nudos mentales que ahogan al occidental ante diversas situaciones de la vida se pueden afrontar de otra manera desde la perspectiva oriental. Sin embargo, los nudos mentales, aunque se aflojan con el pensamiento, sólo se deshacen viviendo; las situaciones vitales sólo se conocen experimentándolas. La filosofía sólo sirve para dar un punto de vista, una opinión sobre el mundo. Tenemos la opinión oriental sobre los básicos dilemas occidentales; pero la última palabra la tiene la acción. Los nudos mentales y los síntomas psicosomáticos que provocan se deben a los deseos. Los conflictos vienen de los deseos; donde no hay deseo no hay problema. Los deseos son el ego, y los recuerdos. La identidad o ego se construye con recuerdos, que son el pasado, y con deseos que son el futuro; el yo es un conjunto de recuerdos y proyectos. Cuando se eliminan recuerdos y proyectos, el pasado y el futuro, ¿qué queda?: el presente, aquí y ahora. Todo el trabajo consiste en eliminar los deseos. Si nada se desea no puede haber conflicto, decepción, presión. Se actúa, pero sin intención, sin preconcepción, sin presión, con wuwei. Todos los problemas vienen de los deseos: eliminar los deseos es eliminar el ego, y con ambos, los conflictos. Disminuir la intención, aumentar la atención, he ahí todo el secreto: «choiceless awareness». Ahí reside toda la cuestión. Es muy sencillo de resumir, simple de expresar, como todo lo fundamental, pero muy difícil de poner en práctica. Lo he expuesto con toda claridad; pero ¿quién es capaz de realizarlo? Ahí está la dificultad. Pero, por difícil que sea en la práctica, en teoría es muy simple. Todo lo anterior se resume en ello. Y el exponerlo con claridad se me agradecerá llamándome divulgador: si hubiese escrito trescientas páginas densas y oscuras sobre la noción del yo, el ser y la nada o el concepto de substancia, se me tendría por un pensador profundo y consistente. ~ | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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